domingo, 19 de febrero de 2012

Res gesta.

El mundo hoy devastado por la corrupción de quienes sólo piensan en su propia conveniencia, devastado por la droga, por el ansia de poder y de dinero, amenazado por la violencia disfrazada de religiosidad nos exige que emprendamos la defensa del hombre desde que es concebido hasta su muerte natural; al tiempo que la vida debemos defender la dignidad inviolable del hombre, debemos militar contra el aborto y la eutanasia. El camino más seguro es el de la defensa de Dios: sólo si conocemos a Dios conoceremos al hombre y sólo si respetamos a Dios respetaremos al hombre; sólo amaremos al hombre si lo amamos en Dios (eso es caridad); olvidémonos de solidaridades siempre contaminadas por los intereses. Donde está Dios está el futuro del hombre.
Un Estado que no respeta al hombre tampoco respeta el Derecho y se convierte en una banda de forajidos, como ya afirmaba San Agustin y ha reiterado el Papa Benedicto XVI ante el Parlamento alemán. El hombre no es sólo fisiología.
Creo que estamos donde nos merecemos: en un páramo moral, social y económico, que son las tres caras de una única realidad. La falta de escrúpulos morales nos han conducido a una sociedad cada vez más desestructurada e indefensa y a una insolvencia económica de la que nos va a costar salir.
Porque para salir tendríamos que destruir lo que creemos más "modernamente"edificado, para regresar a los valores de los que habíamos hecho escarnio cuando renegamos de la autoridad en las aulas, nos apuntamos a conseguir la promoción sin esfuerzo, proclamamos la escuela divertida, adoptamos el mundo en negativo y admitimos las realidades virtuales, confundimos la cultura con la evasión y el estudio con el divertimento, abucheamos cualquier asomo de rectitud moral y nos negamos a admitir la existencia del bien y del mal, ahogando así el auténtico ejercicio constructivo de la libertad de elección y consiguiente sanción por el abuso.
Hemos naufragado al dejarnos llevar por la corriente de la lógica de un mundo sin raíces humanísticas y sin reflexión sobre el valor de la propia existencia, abandonándonos hasta constituir una sociedad sin fundamentos éticos y de espaldas a lo que, en última instancia, puede explicar el desarrollo económico y la conquista del bienestar.
Aquella sociedad que fué más sabia(si es que las sociedades pueden ser sabias) y que disponía de los resortes morales precisos para encauzar el futuro de una juventud habilitada para batir los obstáculos mediante el ejercicio de un esfuerzo personal ha sido ridiculizada, y hemos caído en otra sumida en el progreso negativo , que se enorgullece de su carencia de sedimento cultural, satisfecha en su vivir sin sentido de civilización y en un clarísimo ascenso de la insignificancia.
¿Qué es peor: ser desventurados o no poder ser mejores, como ya se preguntó Ortega?
Ave, Caesar, morituri te salutant.

No me preguntes el por...
ni de dónde, ni quousque,
porque si yo ya soy yo
también soy lo que me busque.
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