Era la disculpa para emprender el viaje una oferta recibida de la ASUS (Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Salamanca, a la que ambos pertenecemos) para girar visita íntima a la biblioteca de la Universidad, que ya conocíamos desde nuestra siempre entrañablemente recordada etapa estudiantil.
Nos recibió una Salamanca lloviznosa, con una luz que no le va, lo que agoraba un resultado ominoso; pero Salamanca dispone de recursos para salir airosa de embroque por el peor de los marrajos, no en vano entre sus innúmeras cualidades luce la de la gallardía torera, tanto por gracia como por ciencia.
En definitiva la visita resultó otra vez instructiva , convivencial e incluso satisfactoria desde el punto de vista gastronómico como, por otra parte, no podía ser menos dada la calidad de la materia prima de que dispone y de sus consagrados manipuladores.
Como la escapada no podía prolongarse más allá del único día inicialmente programado, debido no a falta de deseo sino de plaza en el hotel, en la mañana del día 19 nos dispusimos a regresar a nuestro nido cántabro con la excursión ya en el zurrón de nuestros más queridos recuerdos y en cuatro fotografías de lo antiguo y siempre nuevo, lo que nos llevó a dar el último paseo por las humedecidas calles de la capital charra para que nuestros pasos nos condujeran al garaje en que nos esperaba el viejo coche y que, ¡mira por donde!, es contiguo al bellísimo convento de las Dueñas.
Eran las diez de la mañana y, en ese momento, abría la reja del despacho al público, o sea a nosotros solos en ese momento, de las especialidades que amasan las monjas para subvenir a sus necesidades materiales pues las espirituales las tienen suficientemente subvenidas. Y abrió la reja alguien que no sabría yo decir si se trataba de una monja de años o de un ángel recién nacido ávido de revoloteos, y cuyo nombre en religión es ¡ Sor Teresa!; el caso es que una vez en casa no pude resistir la tentación de tomar pluma y papel (sí, aún los uso) y pergeñar estos, acaso malos pero muy sentidos, versos:
A Sor Teresa
¡Qué entrañable donosura!.
Contigo abrió la mañana
el torno a verter sonrisas;
ni estos días amarillos
tornan cristal antibalas
los que celan la hermosura
del alma de bellas alas
que, más unos amarguillos,
hizo olvidarnos las prisas ;
contigo asomó la hermana,
santa, madre y de clausura.
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