Tras no pocos días de silencio retomo el hilo de mis elucubraciones haciendo, ante todo, una declaración de principios que hace no poco tiempo me cosquillea en la boca del estómago: Estoy muy orgulloso, orgullosísimo, de ser español; y no en consideración a una historia ancha, honda y larga, aunque ahora menospreciada por una generación comodona y encogida que maneja con rarísima habilidad el argumentario de la zorra de la fábula frente a las uvas inalcanzables para su poquedad.
Tampoco me siento orgulloso de mi integración en un ente político que ostenta (inmerecidamente) el nombre de España al que pertenezco velis nolis y que bate todas las marcas de idiocia conocidas, cuyo diarréico BOE se halla en manos de un reconocido tonto con tiza que, siendo el hazmerreir internacional, ha logrado en el tiempo record de siete años construir una organización perfectamente inexistente de puro desorganizada, al frente de un gobierno que no gobierna pero manda (¡y tanto!) sobre unos jueces que no juzgan y un parlamento que no parlamenta pero ratifica sistemáticamente lo que imponen quienes suspiran por destruirlo.
¡Ah, otro logro del esperpento!: que por no se sabe qué extraño consenso inspirado por la avaricia se califique al invento del bobo como democracia y hasta como Estado (perdón por la mayúscula) de derecho. ¡Qué le vamos a hacer!.
Por cierto, estos días andan en boca de todos unos elementos que, en nombre de la libertad, se dicen indignados y andan por esas plazas de Dios reclamando más Estado, o sea éste y otros como éste milagros de San Apapucio.
Se han pegado como piojos (y con piojos, según dicen las malas lenguas) a los soportales de las plazas y al culo del desgobierno del tonto que no acierta con el DDT, a pesar de que sus tribunales de injusticia los han declarado ilegales, cosa que estaba bien a la vista sin necesidad del puñetero inútil pronunciamiento, y de que, a la vista de todos, están colocando al borde de la ruina a los legales comerciantes y otros sufridos contribuyentes al mantenimiento del elenco teatrero del susodicho.
Lo que sí están consiguiendo estas ya conocidas ladillas presupuestarias es que la indignación vaya surgiendo y afectando a todo el mundo menos a ellos; la gente se está airando y sólo falta una chispa para que el cabreo se transforme en violencia y que lo que surgió como indinación por lo que se sentía injusto devenga odio a lo justo.
Creo que no somos testigos de un arrebato de ira sino que se está demostrando que vivimos instalados en la mala leche. Creo que se nos está arreatando el último poso de nuestra disgnidad como personas y entramos en la rebeldía de los desposeídos.
Y va resultando que los indignados son ya los indignantes. Los indignados empiezan a ser violentados en sus derechos por los indignantes y todo desemboca en un gigantesco fraude. La indisnación que nace de la impotencia de la indignidad se va cociendo lentamente sobre sí misma.
Puede que todo el proceso resulte constructivo cuando ante tanta indefensión nos atrevamos a recuperar el derecho a la violencia, cuyo monopolio habíamos confiado al Estado ,que lo perderá por deslealtad dejando así de existir. Esto es un sueño ácrata del infrascrito.
La indignación puede desembocar en resentimiento, con lo que la resistencia al mal se convertiría en odio al bien. Y desde luego la indignación es ante todo claridad y no confusión: ¡mucho cuidado con el caos!.
Cuando la noche se tienda
sobre todo el mediodía
puede que entonces se atienda
mi grito, ¡ya sin enmienda!,
de es lo que yo decía.
Y el vive será vivía.
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Tampoco me siento orgulloso de mi integración en un ente político que ostenta (inmerecidamente) el nombre de España al que pertenezco velis nolis y que bate todas las marcas de idiocia conocidas, cuyo diarréico BOE se halla en manos de un reconocido tonto con tiza que, siendo el hazmerreir internacional, ha logrado en el tiempo record de siete años construir una organización perfectamente inexistente de puro desorganizada, al frente de un gobierno que no gobierna pero manda (¡y tanto!) sobre unos jueces que no juzgan y un parlamento que no parlamenta pero ratifica sistemáticamente lo que imponen quienes suspiran por destruirlo.
¡Ah, otro logro del esperpento!: que por no se sabe qué extraño consenso inspirado por la avaricia se califique al invento del bobo como democracia y hasta como Estado (perdón por la mayúscula) de derecho. ¡Qué le vamos a hacer!.
Por cierto, estos días andan en boca de todos unos elementos que, en nombre de la libertad, se dicen indignados y andan por esas plazas de Dios reclamando más Estado, o sea éste y otros como éste milagros de San Apapucio.
Se han pegado como piojos (y con piojos, según dicen las malas lenguas) a los soportales de las plazas y al culo del desgobierno del tonto que no acierta con el DDT, a pesar de que sus tribunales de injusticia los han declarado ilegales, cosa que estaba bien a la vista sin necesidad del puñetero inútil pronunciamiento, y de que, a la vista de todos, están colocando al borde de la ruina a los legales comerciantes y otros sufridos contribuyentes al mantenimiento del elenco teatrero del susodicho.
Lo que sí están consiguiendo estas ya conocidas ladillas presupuestarias es que la indignación vaya surgiendo y afectando a todo el mundo menos a ellos; la gente se está airando y sólo falta una chispa para que el cabreo se transforme en violencia y que lo que surgió como indinación por lo que se sentía injusto devenga odio a lo justo.
Creo que no somos testigos de un arrebato de ira sino que se está demostrando que vivimos instalados en la mala leche. Creo que se nos está arreatando el último poso de nuestra disgnidad como personas y entramos en la rebeldía de los desposeídos.
Y va resultando que los indignados son ya los indignantes. Los indignados empiezan a ser violentados en sus derechos por los indignantes y todo desemboca en un gigantesco fraude. La indisnación que nace de la impotencia de la indignidad se va cociendo lentamente sobre sí misma.
Puede que todo el proceso resulte constructivo cuando ante tanta indefensión nos atrevamos a recuperar el derecho a la violencia, cuyo monopolio habíamos confiado al Estado ,que lo perderá por deslealtad dejando así de existir. Esto es un sueño ácrata del infrascrito.
La indignación puede desembocar en resentimiento, con lo que la resistencia al mal se convertiría en odio al bien. Y desde luego la indignación es ante todo claridad y no confusión: ¡mucho cuidado con el caos!.
Cuando la noche se tienda
sobre todo el mediodía
puede que entonces se atienda
mi grito, ¡ya sin enmienda!,
de es lo que yo decía.
Y el vive será vivía.
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