domingo, 12 de junio de 2011

Guadalupe.

Anteayer, día 10 de junio del 2011, un puñado de habitantes de Cantabria y de la vieja Vizcaya rendimos visita, y homenaje como peregrinos, al Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, o mejor dicho, a la Virgen de Guadalupe, en lo hondo de Extremadura, para pedirle (al menos yo) luz y temple para sobrellevar, entre badulaques, desalmados y desmoralizados, los pocos o muchos días de vida que su divino Hijo tenga a bien concedernos. Que conste aquí el hecho para el recuerdo.

El Guadalupe es un río
que no se muere en el mar;
río pequeño y fecundo,
seña de trabajo y brío,
que donó un alma al mundo
tras al mundo completar.

Virgen la de Guadalupe
en montañas escondida,
eres faro y serás guía,
amor que del mundo sube,
a quien medio mundo estima
y otro medio a ver acude.

Virgen la guadalupana,
admiro tu galanura,
eres pequeñita y negra,
patrona de Extremadura,
que, con América, integra
amor, vigor y cultura
que hoy son y serán mañana.
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El Guadalupe
no fué a morir a la mar:
la traspasó
e hizo con ella otra España.
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