domingo, 18 de julio de 2010

Encuentro

Cuando me presentaron a Dios, ya conmigo en el uso de la razón, no me produjo miedo y eso que en aquel entonces era usual darle un cariz tremendista, de más amigo de castigos que de indulgencias; no despertó en mí el más mínimo recelo, ni, menos aún, conllevó trauma alguno a mi tiernísimo espíritu. Fué en el primer acto de los programados para la preparación de la primera comunión y la presentación corrió a cargo de un hermano marista del colegio de San Juan de Barbalos en Salamanca, presidiendo el acto que tenía lugar en una iglesia románica (siglo XII) un crucifijo, tamaño natural, tan hierático como el que más entre las tallas de su estilo; y aquellos brazos abiertos a más no poder me parecieron muy de fiar; aquel Cristo, con sus partes pudendas púdicamente celadas no sonreía pero su expresión no podía resultar más amorosa... y si así era el Hijo...el Padre no podía ser sino el mismísimo amor compartido...pero ¡un respeto para con El puesto que todo lo podía y yo era tan poquita cosa !.
Ha llovido muchísimo desde aquel entonces, mi ineludible peregrinación por la vida ha trazado no pocas curvas y pasado por muchos y muy distintos avatares; en ocasiones llegué a no reconocerme al mirarme en alguno de los abundantes espejos que la Providencia coloca a lo largo del recorrido con la oportunidad de rectificar el rumbo equivocadamente escogido para, ahora ya, cuando vislumbro el final del camino y me acerco a la puerta de acceso a la verdadera vida (la eterna) sentirme nuevamente como se sintiera aquel niño, que iniciaba su ruta todo inocencia, con los ojos del cuerpo y las potencias del alma abiertos de par en par.

Te conocí como eterno,
justo y misericordioso,
uno y todopoderoso,
dueño de cielo y averno;
un misterio hasta en el nombre,
creador del inmenso mundo,
y de este rincon fecundo
en que colocaste al hombre,
tu imágen y semejanza;
le insuflaste alma inmortal,
cerraste con él alianza
y le has de juzgar al final
si es que su final alcanza.
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