domingo, 20 de febrero de 2011

Hace varios días que no me siento ante el ordenador para escribir algo que me ayude a pensar en cualquier tema que merezca la pena, quizá porque no hallo alguno con gancho suficiente, o tal vez porque mi alma se niega a bucear en aguas tan oscuras como las que tengo ante mis ojos. He decidido que de hoy no pasa y..aquí estoy, veremos lo que sale. El tema ha de ser de convivencia; político.
Estoy convencido de que es llegado el tiempo de los políticos sensatos y eficaces, de los técnicos competentes, de los intelectuales veraces... y del anatema de los cantamañanas, saltimbanquis, espiritistas, metapsíquicos, alquímicos, teúrgos y demás trileros de la economía, de la política y del campo de las conciencias (educación).
Es necesario que se empiece a hablar claro y a obrar con transparencia.
Nuestra civilización de base cristiana, fundada en el capitalismo liberal unido a la democracia verdaderamente representativa, con claro predominio de las clases medias es, sin lugar a dudas, la menos injusta de la historia, con sus grandes servidumbres y carencias. Fuera de ella imperan las tiranías.
Pero en nuestro país, a fuerza de intentar regresar en la historia, engordar la administración pública, pedirle peras al olmo del Estado abdicando de nuestras responsabilidades, hemos caído en la desorientación y estamos a punto de sumirnos en el abatimiento. No debemos proseguir por ese camino. Cabe rectificar el rumbo y devolver a la libertad el terreno que le es propio: todo el ámbito de la persona, reponiendo a ésta en la cúspide, entronizando en lo más alto de nuestro desiderata colectivo la obsesión por lo estético.
Enviemos las ideologías (que no son ya sino oxidada ferritxa (viruta de hierro) al trastero de la historia, miniándolo (bañándolo en minio) antes para que no lo maleen con su orin; designemos como compaña de las mismas a los corruptibles y corrompidos partidos políticos, para que aquellas no acusen soledad,...¡y al mismo saco!. Reinstauremos la separación entre los tres poderes del Estado y reduzcamos al mínimo indispensable las posibilidades de internación en la vida humana individual de las administraciones públicas, que cuanto más magras son más ágiles se mueven en el ejercicio de sus atribuciones, que ha de asegurarse escrupulosamente objetivo.
Además situémonos en altura, por encima del polvo del camino y del camino mismo para mirar al futuro que se encarna en los niños, los cuales no crecen en los árboles sino en el seno de las familias. Detraigamos del mercado la menor riqueza posible, sólo la que resulte imprescindible para el funcionamiento de los servicios públicos esenciales, dejando que el grueso de la misma pueda dedicarse a producir nueva riqueza en ese mercado libre ; esto es, cóbrense los impuestos más reducidos posible y consigamos, de rebote, disminuir la corrupción. Fuera subvenciones, erradiquemos hasta el concepto. Dejemos que el hombre eduque al hombre en libertad, con la sola sujeción a la ética y a la estética que deberán salvaguardar los tribunales de una justicia profesional e independiente: sintamos una necesidad imperiosa de hombres con capacidad para pensar y con amor al trabajo bien hecho, sea éste más o menos rentable.
Enviémos al limbo toda la maraña de conceptos inocuos (por no calificarlos de bobos de baba), las falacias culturales, los falsos compromisos, las utopías dogmáticas, los paternalismos, las sensiblerías y las frivolidades. Eso puede servir para hacer coña y pasar el rato. Sólo.
Creo que empieza a amanecer en el reino del embuste. Otra vez amén.

Bienvenida sea la gloria
que nada tenga que ver
con la Historia.
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