martes, 23 de marzo de 2010

Sin acritud

No merece la pena tomarse las cosas que no dominas tan en serio que te amarguen la vida; mejor tomarlas no ya con un grano de anís sino con media tonelada de ironía. Lo digo porque últimamente está resultando demasiado patente que tenemos a unos ignaros (que encima no saben que lo son) al timón, y a las cartas de navegación, del barco en que hacemos la travesía del más que proceloso mar de la economía y de la política del mundo occidental. Da igual, pues eso, por lo visto, lo han de resolver con su voto (cuando ordenen) otro millón y medio de ignaros procedentes de la misma escuela, así que digamos:

Cuando el mundo anda al revés,
si no nos pierde la prisa
nos moriremos de risa
observando los traspiés.

No se me tache de cínico, simplemente intento evitar una indeseada presencia en el hospital siquiera sea como visitante; soy lo bastante amigo de mi corazón como para no romperlo con tensiones baldías. Nos ha tocado vivir en un mundo de mentira, de pura ficción, una construcción artificiosa, increíblemente aceptada por quienes otrora se distinguieron por ser poco manipulables, a los que una dictadura castró para siempre y les enseñó a callar hablando, y que ahora son impelidos a vivir un espejismo.

Y aquí estamos intentando creernos un país (mentira), libre (mentira), democrático (tres veces mentira: Ni hay división de poderes, ni gobierno de la mayoría, ni la más mínima posibilidad de control a un omnímodo poder ejecutivo, ni respeto a según qué minorías, ni igualdad ante la ley, ni ausencia de privilegios, ni representación parlamentaria de los votantes, ni uso público de libertades sin acoso...ni...), en un Estado de derecho...(¡mejor no hablar por lo antedicho!, esto es sólo un cazadero para partidos políticos y de rotos por la política).

Miré dentro de tí
y nada había;
todo negror allí
indemne bullía;
todo y nada yo ví
en tí malvivía.
-----------------------------

No hay comentarios:

Publicar un comentario