domingo, 18 de abril de 2010

Depravación.

Un depravado es un supervicioso, pero también lo es un malvado con perversidad, un pervertido o quien ha perdido de vista la escala de valores y el freno moral que hacen del hombre algo distinto a la fiera que lleva dentro.

Se me ocurre el calificativo al pensar en lo sucedido en USA en el caso de un matrimonio que adoptó un niño ruso de cinco años; al poco se divorcian y ¿quien paga los platos rotos ?, el niño, claro: ellos a sus derechos, placeres, caprichos, antojos o ventajas; ellos, persiguiendo siempre su utilidad, rehacen su vida porque tienen derecho a ello.

La mujer se une a otro hombre y tiene un hijo con él... y el niño ruso estorba. Además se empieza a malcomportar, segúramente en respuesta al rechazo que siente. Hay que dar solución a la extraña situación... ¿cómo?: pues devolviendo el niño ruso como quien devuelve un paquete cuyo contenido no responde a las expectativas; se contacta por internet con alguien en Moscú, se acuerda un precio, se mete a la criatura en un avión y, como ya había olvidado su idioma materno, se le instruye para que una vez en el aeropuerto de Moscú repita sin cesar su nombre en la esperanza de que el corresponsal de la ocurrente madre adoptiva (que ha corrido con los gastos de la operación) se fije en él y lo reintegre a su condición de huérfano abandonado, lo que ya era aunque ahora recupera la categoría social en mucho peor situación psicológica y personal.

¿ Hay algo de malo en tirar lo que no sirve?. El utilitarismo es, en definitiva, el paradigma de una civilización que se desliza hacia el sumidero de la cloaca de la historia. Civilización desalmada con un muy corto futuro.

.-Desasosiego-.

El ojo que ve no mira
y el que mira nada ve;
este es un mundo al revés
que aunque nunca en dos ve tres
a pies juntillas se crée
que lo no útil se tira.
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2 comentarios:

  1. Papá ¡¡he vuelto!!
    ¿Es verdad esto que cuentas? Un mundo que no cuida ni de sus niños ni de sus mayores, ni es mundo ni es nada.

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  2. Pobres niños.
    Cada dos por tres me sorprendo exclamándolo: ¡Pobres niños!
    Los veo caminando en fila, adocenados por las señoritas, y me digo "¡Pobres!".
    Los oigo cantando himnos y enfundados en los mismos repetidos colores. ¡Pobres!
    Los intuyo solos en sus perfectos, surtidos, mecánicos lugares...
    ¡Estoy viendo nuestros vacíos corazones sin alma!

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