sábado, 10 de abril de 2010

Recuerdos de futuro

Corrían tiempos de posguerra, tras la segunda mundial, en los que España intentaba renacer en situación de plena autarquía económica forzada por quienes ansiaban llevarla a toda costa al abarrotado paraíso estalinista.

Llama a las puertas de mi memoria una escena por demás significativa de aquel entonces y que puede relatarse así :

Una puerta de listones de madera y cristal, a cuadros, daba acceso a la modesta abacería de barrio, que venía funcionando, bajo el nombre comercial de Casa Constancio, en un chaflán entre las dos últimas calles de aquel extremo de la pequeña ciudad que me vió crecer; tres bastos escalones de cemento daban acceso a la tienda y en ellos (me parece estarlo viendo) una pequeña mujer jóven de aspecto humilde aunque no pobre, como todos nosotros, se acurrucaba encogida y llorando en silencio; dos hilillos de lágrimas se deslizaban por sus mejillas y caían, brillando, sobre el zurcido mandil que protegía su falda.

La perdida mirada de la mujer permanecía clavada en el verdoso reguero de aceite de oliva que escurría lento por la acera a favor de pendiente y buscando la apisonada tierra de la calzada sin pavimentar, entre un caos de esquirlas del vidrio de la botella hecha añicos cuando se escurrió de entre sus manos y que flanqueaban el reguerillo oleoso por el que viajaba hacia la nada el magro racionamiento familiar en su capítulo más sustancioso.

Aquel silencioso y doliente llanto y aquella expresión de desolada angustia se clavaron en mi alma de niño...y ahí siguen aunque viejo.

Y, jubilado ya y sin posibilidad alguna de brujulear por el mar de la economía, se me ocurre maliciar si no reviviremos la misma o muy parecidas escenas, que devendrían en estación general de llegada a impulsos de la perfecta estolidez soberbia con que se adorna el ocupante de La Moncloa, quien para desgracia nuestra ahora manda (que no gobierna) en esta España de tan prolijo martirologio; lo que me lleva a imaginar un único, aunque drástico, remedio:

Al cínico tarambana
que, por doquiera que miro,
veo tan lleno de vacío... ;
que tan gran daño nos causa...
y garla ... y garla... sin pausa,
colmado ya nuestro hastío
hemos de arrancar de un tiro
del sillón en que se ufana.
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