Acaba agosto; Santander ha despedido a sus veraneantes que, tras muchos días de esa luminosidad tamizada de un norte al que sientan mejor los grises que el sol crudo, se han arrancado con morosidad de su parcela de arena dorada, hoy batida en serio por un mar cabreado por el molestísimo viento del nordeste que les ha despedido dejando de lado cualquier asomo de prudencia, encrespando peligrosamente unas aguas que tienen fama de malas pulgas, verdes esmeralda con crestas blancas, largas y veloces crestas de espuma para fabricar pipas. Y yo estoy seco, reseco, recontraseco.
Me viene a la mente, y no sé porqué, una coplilla popular que reza así:
Hombre pobre huele a muerto:
¡a la hoyanca con él!
que el que no tiene dinero
requiescat in pace amén.
También me martillea en la memoria aquel consejo del Talmud que dice: Tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo, por consiguiente sé discreto.
También recuerdo que yo he vivido en frugalidad , se lo que es tener sólo lo necesario y no desear más, y conozco la felicidad que ello conlleva. Y veo ahora la enormidad de la riqueza que se está utilizando, en lugar de para crear más riqueza a bien repartir, para enriquecer a gentes que no tienen sino avaricia; ninguna otra condición algo más positiva. Lo que me hace pensar que habría que tratar de crear más riqueza antes de debatir sobre su reparto, impidiendo el pillaje de la misma por el simple procedimiento de cerrar los corrales en que se crian los zorros, los lobos y las hienas que devoran sin medida el músculo de la productividad colectiva para disfrutarlo a solas en un cubil que llaman partido político, gobierno, autonomía, bien común, interés social, solidaridad y de otros modos igual de fútiles que sólo sirven para engañar a los ilusos esquilmados.
Estoy seco, más seco de ideas que nunca. Terminaré con unos versos tontos.
Ya no recuerdo qué he sido;
llovió sobre los recuerdos
y el agua pulió las aristas,
cuanto más paso revistas
veo, tras del tiempo los muerdos,
que sólo espero el olvido.
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Me viene a la mente, y no sé porqué, una coplilla popular que reza así:
Hombre pobre huele a muerto:
¡a la hoyanca con él!
que el que no tiene dinero
requiescat in pace amén.
También me martillea en la memoria aquel consejo del Talmud que dice: Tu amigo tiene un amigo, y el amigo de tu amigo tiene otro amigo, por consiguiente sé discreto.
También recuerdo que yo he vivido en frugalidad , se lo que es tener sólo lo necesario y no desear más, y conozco la felicidad que ello conlleva. Y veo ahora la enormidad de la riqueza que se está utilizando, en lugar de para crear más riqueza a bien repartir, para enriquecer a gentes que no tienen sino avaricia; ninguna otra condición algo más positiva. Lo que me hace pensar que habría que tratar de crear más riqueza antes de debatir sobre su reparto, impidiendo el pillaje de la misma por el simple procedimiento de cerrar los corrales en que se crian los zorros, los lobos y las hienas que devoran sin medida el músculo de la productividad colectiva para disfrutarlo a solas en un cubil que llaman partido político, gobierno, autonomía, bien común, interés social, solidaridad y de otros modos igual de fútiles que sólo sirven para engañar a los ilusos esquilmados.
Estoy seco, más seco de ideas que nunca. Terminaré con unos versos tontos.
Ya no recuerdo qué he sido;
llovió sobre los recuerdos
y el agua pulió las aristas,
cuanto más paso revistas
veo, tras del tiempo los muerdos,
que sólo espero el olvido.
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