He tenido la ocasión de visitar los yacimientos arqueológicos de Atapuerca y el acierto de hacerlo. Ha sido un goce intelectual por cuanto, por encima de las cumplidas explicaciones que te dan sobre las excavaciones, las investigaciones de laboratorio y las distintas exposiciones del tema por quienes, doctos en la materia, se dedican a ello en cuerpo y alma, surge de la tierra una patente emanación de cuanto su propia realidad imponía a los individuos subsumidos en aquellos clanes que afloran hechos huesos y herramientas, sin mezcla alguna (de momento) de arte puro y, por ello, inútil: auténtica expresión del alma humana.
Son restos que datan de varios millones de años, según dicen los expertos, y de antecesores nuestros que no habían oido hablar ni de la vis plastica de Aristóteles ni de las aberrantes teorías de Darwin que a tantos han llevado por los caminos del error. Pues ni el primero supo ver que las especies pudieran extinguirse ni el segundo tampoco, a pesar de los ejemplares fósiles que ambos tuvieron en la mano, que el uno llamó caprichos de la naturaleza y el segundo no explicó en absoluto cegado por el pico de los pájaros.
Allí, en Atapuerca, hay evidencias de una realidad tan sencilla como que, en el corazón de la tierra buscó refugio a sus limitaciones y estableció su hogar el hombre primitivo; y es toda una lección por lo que tiene de recuerdo próximo y de constatación de que no pudo ser el mono, o el homínido, quien alcanzó la condición de hombre (sapiens), sino que ésta es una especie distinta y diferente de otras aún presentes o ya extinguidas.Su misterio, como el de todo, es su origen.
Aristóteles acertó mucho y mucho erró cegado por la claridad de su propia inteligencia, cerrando con la fuerza de su autoridad, durante muchos siglos, la puerta a la evidencia en algunas cuestiones como la que motiva estas superficiales líneas; y ello a pesar de que hombres de la antigüedad (Empédocles, Jenófanes, Pausanias o Herodoto), y otros mucho más cercanos (como el mismísimo Gionanni Boccaccio) a la vista de los fósiles ya hallados deducían que no eran un capricho de la naturaleza sino restos hechos piedra de seres vivos que habían sufrido la gran inundación u otra catástrofe que los borró de la faz de la tierrra, comprensible sin necesidad de acudir a la extrañísima evolución que hizo sapiens a quien no lo era.
He visto yo en Atapuerca
signos tantos de una vida
que estando de mí muy cerca
es muy de lejos sentida.
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Son restos que datan de varios millones de años, según dicen los expertos, y de antecesores nuestros que no habían oido hablar ni de la vis plastica de Aristóteles ni de las aberrantes teorías de Darwin que a tantos han llevado por los caminos del error. Pues ni el primero supo ver que las especies pudieran extinguirse ni el segundo tampoco, a pesar de los ejemplares fósiles que ambos tuvieron en la mano, que el uno llamó caprichos de la naturaleza y el segundo no explicó en absoluto cegado por el pico de los pájaros.
Allí, en Atapuerca, hay evidencias de una realidad tan sencilla como que, en el corazón de la tierra buscó refugio a sus limitaciones y estableció su hogar el hombre primitivo; y es toda una lección por lo que tiene de recuerdo próximo y de constatación de que no pudo ser el mono, o el homínido, quien alcanzó la condición de hombre (sapiens), sino que ésta es una especie distinta y diferente de otras aún presentes o ya extinguidas.Su misterio, como el de todo, es su origen.
Aristóteles acertó mucho y mucho erró cegado por la claridad de su propia inteligencia, cerrando con la fuerza de su autoridad, durante muchos siglos, la puerta a la evidencia en algunas cuestiones como la que motiva estas superficiales líneas; y ello a pesar de que hombres de la antigüedad (Empédocles, Jenófanes, Pausanias o Herodoto), y otros mucho más cercanos (como el mismísimo Gionanni Boccaccio) a la vista de los fósiles ya hallados deducían que no eran un capricho de la naturaleza sino restos hechos piedra de seres vivos que habían sufrido la gran inundación u otra catástrofe que los borró de la faz de la tierrra, comprensible sin necesidad de acudir a la extrañísima evolución que hizo sapiens a quien no lo era.
He visto yo en Atapuerca
signos tantos de una vida
que estando de mí muy cerca
es muy de lejos sentida.
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