No pocos conocidos, sabedores de la que fué mi profesión (hoy felizmente olvidada), inquieren mi opinión acerca del llamado Tribunal Constitucional y sus hipogástricas sentencias. Nada he respondido hasta ahora. Sencillamente porque no me gusta abundar en tonterías aunque sea un disfrutón de la ironía. Tampoco suelo opinar sobre lo que no entiendo, y ese tribunal tribunicio me resulta tan arcano como el juego del mus.
Pero tanta interrogación sobre el tema me inclina a decir algo acerca de él, aunque se trate de una opinión puntual, o sea, contingente y tangencial en jerga progre.
Para dar una respuesta, sin pretender acierto alguno, al Tema Conspicuo (TC) manifiesto en primer lugar que el TC tiene de tribunal judicial sólo el nombre; lo suyo no son las juridicidades sino las judiadas políticas; porque no es poder judicial sino simple y poderosísimo órgano administrativo creado para dar salida oportunista a conflictos interpretativos de la malhadada Constitución Española que, siendo en sí misma una inmunda chapuza jurídica, no puede generar sino catástrofes.
El tal tribunal es un campeón del torcimiento y la ignorancia del derecho más elemental y sus miembros llegan a él no por la vía de una carrera judicial sino por decisión arbitraria de los partidos políticos que, comiendo la sopa boba, conforman el otro extremo del callejón del gato, o sea, el Parlamento que jamás ha parlamentado ni parlamentará. La independencia, pues, de sus componentes sería un auténtico contradiós. Quien nombra paga y quien paga manda. Siempre.
¿Que quién es Montesquieu?. ¡Y yo qué sé!. Nunca le viera ni le conociera. ¿Que si conozco su obra, o sea El espíritu de las leyes?. Claro: duerme entre los numerosos volúmenes que conforman mi biblioteca; incluso rodeada de sesudos comentarios que de nada nos sirven.
Bueno, y ¿de la sentencia qué?. De la sentencia na. Pues...¿no dicen que...?. Dicen, pero ca.
.-Justicia loca-.
A una justicia sin ética,
que ha olvidado la equidad,
ya no le queda ni estética
tan sólo legalidad.
Y a esa justicia tan poca
me peta llamarla loca.
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Pero tanta interrogación sobre el tema me inclina a decir algo acerca de él, aunque se trate de una opinión puntual, o sea, contingente y tangencial en jerga progre.
Para dar una respuesta, sin pretender acierto alguno, al Tema Conspicuo (TC) manifiesto en primer lugar que el TC tiene de tribunal judicial sólo el nombre; lo suyo no son las juridicidades sino las judiadas políticas; porque no es poder judicial sino simple y poderosísimo órgano administrativo creado para dar salida oportunista a conflictos interpretativos de la malhadada Constitución Española que, siendo en sí misma una inmunda chapuza jurídica, no puede generar sino catástrofes.
El tal tribunal es un campeón del torcimiento y la ignorancia del derecho más elemental y sus miembros llegan a él no por la vía de una carrera judicial sino por decisión arbitraria de los partidos políticos que, comiendo la sopa boba, conforman el otro extremo del callejón del gato, o sea, el Parlamento que jamás ha parlamentado ni parlamentará. La independencia, pues, de sus componentes sería un auténtico contradiós. Quien nombra paga y quien paga manda. Siempre.
¿Que quién es Montesquieu?. ¡Y yo qué sé!. Nunca le viera ni le conociera. ¿Que si conozco su obra, o sea El espíritu de las leyes?. Claro: duerme entre los numerosos volúmenes que conforman mi biblioteca; incluso rodeada de sesudos comentarios que de nada nos sirven.
Bueno, y ¿de la sentencia qué?. De la sentencia na. Pues...¿no dicen que...?. Dicen, pero ca.
.-Justicia loca-.
A una justicia sin ética,
que ha olvidado la equidad,
ya no le queda ni estética
tan sólo legalidad.
Y a esa justicia tan poca
me peta llamarla loca.
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