No soy etólogo, ni psicólogo, ni cosa que se les parezca; soy un intruso en el campo del alma humana, un francotirador en el ámbito de los sentimientos y, al amparo de tal título me permito una incursión en el mismo, al tiempo que pido perdón a los invadidos sin siquiera saber quienes pueden ser.
Cada ser humano es uno e irrepetible; su vida es exclusivamente suya, igual que su dignidad y su libertad, siendo responsable de las tres, por lo que ha de vivir la primera responsablemente; ha de procurar en todo momento disfrutarla sin daño, tanto para él como para los demás y para su entorno; en ello está la clave de su felicidad, siendo la felicidad su máxima aspiración y el mayor de sus logros...si la alcanza.
No consiste la felicidad en la ausencia de contrariedades o de dolor, sino en saber asumir sus circunstancias como un ejercicio que fortalece el espíritu, cuya fortaleza constituye precísamente la base de la felicidad que se busca. Y no caben medias tintas. No resulta fácil, lógicamente, aceptar y asumir la contrariedad, de ahí su valor real en la vida de todo hombre.
El peor dolor no es el dolor físico, por insoportable que pueda parecer, sino la aflicción espiritual, porque la parte más noble y sensible del hombre no es precísamente el cúmulo orgánico de células materiales que conforman el edificio en que obra presa el alma, siendo ésta su esencia indestructible y, por ende, su mayor tesoro. Y por mucho que se deteriore la casa, con todo y resultar ruinosa, su habitante puede (y debe) permanecer cada vez más venusto.
No será el contrahecho el primer hombre deforme que dé una soberana lección de inteligencia , de bondad y hasta de alegría a quienes se creen completos.
Hay un momento en la vida de cualquier ser humano en que pasa de proyecto a realidad; ahí su existencia deja de ser parte de la vida de sus progenitores para pertenecerle en exclusiva y por entero, siendo preciso que, cuando toma conciencia de ello, los padres suelten la clavija del gobierno y permanezcan únicamente atentos a mantener abiertos los canales de comunicación que, voluntaria y libremente, el hijo desee que sigan en uso, haciendo así posible aconsejarle lo que ya no podrán imponerle. Y acertará el hijo que los mantenga disponibles.
Una conciencia en que cabe
lo que no debe caber
canta que su dueño sabe
lo que afirma no saber.
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Cada ser humano es uno e irrepetible; su vida es exclusivamente suya, igual que su dignidad y su libertad, siendo responsable de las tres, por lo que ha de vivir la primera responsablemente; ha de procurar en todo momento disfrutarla sin daño, tanto para él como para los demás y para su entorno; en ello está la clave de su felicidad, siendo la felicidad su máxima aspiración y el mayor de sus logros...si la alcanza.
No consiste la felicidad en la ausencia de contrariedades o de dolor, sino en saber asumir sus circunstancias como un ejercicio que fortalece el espíritu, cuya fortaleza constituye precísamente la base de la felicidad que se busca. Y no caben medias tintas. No resulta fácil, lógicamente, aceptar y asumir la contrariedad, de ahí su valor real en la vida de todo hombre.
El peor dolor no es el dolor físico, por insoportable que pueda parecer, sino la aflicción espiritual, porque la parte más noble y sensible del hombre no es precísamente el cúmulo orgánico de células materiales que conforman el edificio en que obra presa el alma, siendo ésta su esencia indestructible y, por ende, su mayor tesoro. Y por mucho que se deteriore la casa, con todo y resultar ruinosa, su habitante puede (y debe) permanecer cada vez más venusto.
No será el contrahecho el primer hombre deforme que dé una soberana lección de inteligencia , de bondad y hasta de alegría a quienes se creen completos.
Hay un momento en la vida de cualquier ser humano en que pasa de proyecto a realidad; ahí su existencia deja de ser parte de la vida de sus progenitores para pertenecerle en exclusiva y por entero, siendo preciso que, cuando toma conciencia de ello, los padres suelten la clavija del gobierno y permanezcan únicamente atentos a mantener abiertos los canales de comunicación que, voluntaria y libremente, el hijo desee que sigan en uso, haciendo así posible aconsejarle lo que ya no podrán imponerle. Y acertará el hijo que los mantenga disponibles.
Una conciencia en que cabe
lo que no debe caber
canta que su dueño sabe
lo que afirma no saber.
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