domingo, 21 de marzo de 2010

Recuerdos...

Una de mis nietecillas,de casi cinco años, me ha dicho en un aparte:

- Abuelo, ¿ tú has sido pequeño?.

Cortado me dejó por un momento. Bien mirado resulta lógico (en su pequeña lógica) dudar de que alguien tan mayor haya sido alguna vez como ahora es ella. En este momento, y en vista de lo que se cuece, yo le diría:


También yo he sido pequeño,

y he llegado a ser abuelo

al nunca haber sido duelo

siendo encarnación de un sueño.


No haber conocido dueño

de mi vida o de mi muerte

me ha deparado la suerte

de pasar de sueño a empeño.


Recuerdo aquel pequeño mundo en que mi niñez fué feliz. A pesar de las innúmeras carencias materiales propias de una durísima posguerra civil, en la que la malquerencia internacional que movía el comunismo nos condenaba a la más rigurosa de las autarquías.

Recuerdo que, apenas levantaba del suelo lo que hoy mi nieta, y en el sobrado de la casa de mi abuelo paterno, en un bello pueblecito de la provincia de Salamanca, brujuleando entre trastos y recuerdos que yacían entre polvo topé con dos cajones claveteados y, picado por la curiosidad y con la ayuda de la mitad de un viejo cuchillo cachicuerno que se usaba para escarbar los tiestos, levanté la punta de una de las tablas que velaban a la vez que protegían el interior de uno de ellos. Di con una lámina de papel de forrar azul, cuyo esquinazo zafé...y...¡azucarillos!. En la soledad de aquel desván metí mano a aquella dulce compañía y...chupa que te chuparás...de una asentada dí cuenta de la primera capa de celestiales bolados venidos de REPUBLICA ARGENTINA. ¡Dios, qué sobrecarga de energía!.

Ni Don Samuel, el inaccesible vecino que habitaba la casa aledaña a la que yo ocupaba con mis padres en Salamanca, y que era un capitán de aviación absolutamente áptero pero cuya intendencia era tan completa y llamativa que concertaba la atención de toda la vecindad cuando, una vez al mes, le era descargada de un vehículo grisáceo, cuyo oscuro vientre vomitaba insospechadas maravillas , ni Don Samuel, ni su mujer, ni su cojitranca cuñada solterona, probablemente habrían disfrutado con sus seguras viandas lo que disfruté yo con mi ocasional asalto a las esotéricas reservas de mi abuelo.

Bueno, por hoy baste un recuerdo de cuando yo era verdaderamente pequeño.

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1 comentario:

  1. Esa nietecilla de la que hablas ya tiene muy claro cuando surgen dudas "se lo preguntamos al abuelo que lo sabe todo".
    Me alegra volver a leerte.
    Guárdamos muchos años de letras y de sabiduría...
    Besines papá.

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