Aparte de la demolición moral, la ruina cultural, y la descomposición social que está acarreando y acumulando con verdadera avaricia el radicalismo ignaro imperante, asentado sobre un magma de sangre y odio, tema que tocaré en peor ocasión, hoy escribiré algo sobre el panorama económico que nos agobia y que nos amenaza de peor para el futuro.
Repito: esto no lo levanta ni Dios.
Aún para Dios resulta imposible la cuadratura del círculo. Y arreglar esto. Reflexionaré en voz alta, como hablando conmigo mismo.
Si la actividad y el tamaño de mi empresa me permitieran sumergirla lo haría a ciegas, o la trasladaría (la deslocalizaría) a China, la India, Indonesia...o Alemania, según y como.
Para poder funcionar aquí necesito un rosario de autorizaciones administrativas; ello da origen a un perpetuo papelear que apenas me deja tiempo que dedicar a la actividad propiamente dicha de mi empresa; con sus inútiles e indeseadas intervenciones las distintas administraciones justifican el saqueo de 60 céntimos de cada euro en concepto de impuestos, tasas, cuotas y otras gabelas , sin contar multas y sofocos, dejándome sólo 40 ctms. para mi actividad propia y demás compromisos.
Con las peticiones de permisos y autorizaciones tienen noticia todas y cada una de las administraciones de mi existencia. Y de ahí deriva mi definitiva desgracia. Inicio la vía dolorosa que me conduce al calvario de las inacabables inspecciones (de Hacienda, de Trabajo, de medio ambiente, de ambiente entero, de las taifas, de los municipios, y, ahora, de paridad o igual dá de la ministra Aido y sus bacantes).
Las múltiples competencias decisivas de las administraciones generan multas y corrupción que ha de pagar el menda lerenda y, para colmo he de soportar el coste y la desazón de saber mi casa tomada por un invasor que, al no dedicarse al trabajo se dedica a meterme el dedo en el ojo, esto es, los agentes de los sindicatos de clase. Lo dicho: me voy de aquí a mil leguas.
Así que iba yo a levantar mi propia fábrica de pirulís de la Habana, o sea de azúcar de caña, porque me encantan los pirulís de azúcar de caña pero ¡ni de coña!, aunque estoy harto de quemar culos de puchero al tostarla para satisfacción de mi propia golosinería.
Y me senté a meditar el proyecto en un banco de los jardines de Piquío, dejando resbalar la mirada por la anchurosidad de la segunda playa y desistí del proyecto al advertir la existencia (no sé si real o ilusoria) de un rótulo prodigioso que partía, como un arco iris, de lo alto del fanal del faro del Cabo Mayor y que, en grandes letras rojas (sí, rojas) rezaba (sí, rezaba) así: ESTO NO LO LEVANTA NI DIOS.
Enseguida comprendí que el eslogan no se refería al propio faro (de difícil pero no imposible levantamiento) sino a ESTO, o sea: lo que nos rodea, en lo que estamos inmersos; ¡yo qué sé!, el ambiente, el malestar, el paro, la pobreza que ya campa por sus respetos...el esto-esto. Me puse la boina..y que se metan el pirulí....
Yo tenía un pirulí,
pirulí, pirulero,
me lo mangó un zapatero
y en el culo se lo ví.
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¡Qué importa la ruina si tenemos el Barça! La calle se inunda de blaugrana, de banderíos catalanes, de ínfulas de remontada. ¿Que no hay trabajo? ¡Tenemos la champions! Y si nos eliminan por la torva animadversión anticatalana, siempre nos quedará el Estatut y la épica que no cesa.
ResponderEliminarAh, que hablamos de economía... ¡la culpa es de Madrit!