Como un goterón de plata fundida resbala por la ladera vedioscura, salpicada de diminutas margaritas heliotrópicas, el camposanto que custodia todo el pasado de la aldea; un poco más abajo, escorado hacia el este, el barrio de La Posada y, bajo la balconada corrida de Paco el Cuco, de madera pintada de marrón que se refugia bajo un alero protector casi exagerado hasta para el clima local, dos paisanucos charlan de sus cosas para matar el tiempo; están ambos acomodados, espalda en pared, sobre un poyo de madera de roble calzado sobre piedronas, manteniendo el uno las manos sobre los muslos mientras el otro las tiene cruzadas sobre la bien trazada, y brillante por el uso, curva de una convincente cachava de avellano.
Sobre el banco, entre ambos, un traqueteado transistor ronca el discurso que el presidente del desgobierno de la virtual nación , con la impostada voz y rimbombante parola que les son peculiares, iba desgranando; melopea mendaz de turno esta vez exigida por las potencias exteriores a las que empieza a afectar el veneno económico generosamente vertido por el orador sobre lo que una vez fuera España.
Hacía mucho rato que los dos amigos escuchaban atentamente la cantilena adormecedora de los tirios y troyanos que llenaban el hemicirco del Congreso de los Diputados y la función llegaba a su fin.
- Agustin, estos tíos nos pelan.
- Sí, y encima nos cobran el pelao.
Sendas frases que cayeron como masticadas. Práctico y certero resumen de cuanto nuestros observados lugareños habían escuchado y entendido.
Si tona el trueno
no son posibles
ni aires apacibles
ni tiempo bueno.
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