De regreso a la tribu. Lo que el nazi amateur Jordi Pujol llamaba la Europa de las regiones y que, hablando con propiedad debería designarse como la Europa de las tribus anteriores a Julio Cesar y su De bello galico.
Ayer, tras asistir a la misa de doce en la iglesia conocida como "La Compañía" por haber sido regentada (¡tiempo ha!) por los jesuítas, y en la que te sientes como un copo más en un nevero alpino, nos decidimos a dar un paseo por el borde de la bahía para hacer tiempo hasta la hora de comer; ello a pesar de un cielo que amenazaba lluvia y de la presencia activa de un humidísimo viento gallego que, tras varios días de esplendoroso nordeste, invitaba a ahuecarse bajo la ropa veraniega para ahorrar un poco del propio calor.
Llegados al Paseo de Pereda nos llamó la atención el verlo flanqueado por varios coches de la policía antidisturbios e inquirimos la razón del insólito hecho, máxime cuando desde la altura de la Plaza Porticada (ahora de Velarde) percibíamos el gratísimo sonido de la pieza de Mozart que interpretaba la banda municipal en el quiosco de los jardines y que, a pesar de lo desapacible del tiempo, era escuchado con verdadera unción por dos centenares de personas arrellanadas en sillas instaladas ad hoc por el Ayuntamiento.
Cruzamos la calzada y, ya desde la otra acera, notamos un pequeño hervidero de gente que, bajo enseñas, estandartes y banderas se agitaba en el centro de la amplísima vía algo antes de llegar al Club Marítimo y que parecía iniciar un desfile en la dirección en que nos hallabamos . No era mucha la espectación que despertaba el evento entre la gente que paseaba la fría mañana y nos detuvimos junto al bordillo frente al Banco de Santander picados por la curiosidad.
Un estruendo de gaitas rasgó el aire y arruinó el concierto de Mozart, con el consiguiente enfado, educadísimo eso sí, de la gente que pacíficamente lo estaba disfrutando; interrumpieron su quehacer los músicos y discurrió la pantomima a cargo de unos cuantos grupos que, bajo el paraguas de la infernal melopea de no pocas gaitas y precedidos por sus respectivas banderas procesionaron su inquina tribual esperando el aplauso de la concurrencia y concitando su claro desprecio y hasta algún iracundo insulto.
Y así fueron pasando, con un lejano recuerdo de las juventudes hitlerianas en versión desordenada, los que se atribuían la representación de una Cantabria de gaitas y ensaimadas pétreas, de Aquitania, del Pais de la Loire, de Bretaña (Dios te salve, jacobina Francia del virus hispánico), de Euskadi, de ¡Asturias!, de Galicia y Del Portugal Norte. Todos (sospecho) presuntos depositarios de la magia y la música celtas, o eso creen.
¡Dios, qué ridículo!. Se quedaron solos en la fría y desapacible mañana llegados que fueron al corralón de la Plaza de Velarde. Solos pero segúramente contentos de verse cada uno con la enseña de su respectiva tribu y además incomprendidos. Pero ¿Qué mente calenturienta les había invitado?.
Nada como una bandera
y una lanza de la fragua
que enhesten la nada entera
y alanceen en el agua.
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Ayer, tras asistir a la misa de doce en la iglesia conocida como "La Compañía" por haber sido regentada (¡tiempo ha!) por los jesuítas, y en la que te sientes como un copo más en un nevero alpino, nos decidimos a dar un paseo por el borde de la bahía para hacer tiempo hasta la hora de comer; ello a pesar de un cielo que amenazaba lluvia y de la presencia activa de un humidísimo viento gallego que, tras varios días de esplendoroso nordeste, invitaba a ahuecarse bajo la ropa veraniega para ahorrar un poco del propio calor.
Llegados al Paseo de Pereda nos llamó la atención el verlo flanqueado por varios coches de la policía antidisturbios e inquirimos la razón del insólito hecho, máxime cuando desde la altura de la Plaza Porticada (ahora de Velarde) percibíamos el gratísimo sonido de la pieza de Mozart que interpretaba la banda municipal en el quiosco de los jardines y que, a pesar de lo desapacible del tiempo, era escuchado con verdadera unción por dos centenares de personas arrellanadas en sillas instaladas ad hoc por el Ayuntamiento.
Cruzamos la calzada y, ya desde la otra acera, notamos un pequeño hervidero de gente que, bajo enseñas, estandartes y banderas se agitaba en el centro de la amplísima vía algo antes de llegar al Club Marítimo y que parecía iniciar un desfile en la dirección en que nos hallabamos . No era mucha la espectación que despertaba el evento entre la gente que paseaba la fría mañana y nos detuvimos junto al bordillo frente al Banco de Santander picados por la curiosidad.
Un estruendo de gaitas rasgó el aire y arruinó el concierto de Mozart, con el consiguiente enfado, educadísimo eso sí, de la gente que pacíficamente lo estaba disfrutando; interrumpieron su quehacer los músicos y discurrió la pantomima a cargo de unos cuantos grupos que, bajo el paraguas de la infernal melopea de no pocas gaitas y precedidos por sus respectivas banderas procesionaron su inquina tribual esperando el aplauso de la concurrencia y concitando su claro desprecio y hasta algún iracundo insulto.
Y así fueron pasando, con un lejano recuerdo de las juventudes hitlerianas en versión desordenada, los que se atribuían la representación de una Cantabria de gaitas y ensaimadas pétreas, de Aquitania, del Pais de la Loire, de Bretaña (Dios te salve, jacobina Francia del virus hispánico), de Euskadi, de ¡Asturias!, de Galicia y Del Portugal Norte. Todos (sospecho) presuntos depositarios de la magia y la música celtas, o eso creen.
¡Dios, qué ridículo!. Se quedaron solos en la fría y desapacible mañana llegados que fueron al corralón de la Plaza de Velarde. Solos pero segúramente contentos de verse cada uno con la enseña de su respectiva tribu y además incomprendidos. Pero ¿Qué mente calenturienta les había invitado?.
Nada como una bandera
y una lanza de la fragua
que enhesten la nada entera
y alanceen en el agua.
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Exacto: pantomima, porque otra cosa no puede ser. Pero imagino que tal pantomima está regada con fondos públicos a través de vaya usted a saber qué vericuetos administrativos y con un ánimo mezquino. Porque no se trata de reivindicar el sustrato celta de los santanderinos, pues en todo caso para eso están los historiadores o los arqueólogos y los foros académicos, sino de enturbiar la calle para ganar en la política, que es el camino directo de las medianías al chollo y la prebenda. Han visto, efectivamente, que la estupidez identitaria y tribal ofrece palanca a los botarates y en eso se han puesto, aunque haya que hacer el ridículo. Esa payasada inicial, por repetida y alentada por lo políticamente correcto, acabará siendo normal y de lo normal se pasará a lo normalizador o exigible.
ResponderEliminarLa próxima vez que aparezcan los payasos celtas, ninguna educación: ¡al agua con ellos!