En mi peregrinación a Tierra Santa visité Jerusalen, la ciudad de los cien nombres y de los incontables misterios; apareció frente a mis ojos que gozaron de su materialización desde el Monte de los Olivos; entre ella y yo el torrente Cedrón, que dió vida en su día,y cuando se disponía a fenecer en el Mar Muerto, al centro de cultura y vivencia religiosa de Qunram; entre ella y yo el Valle de Josafat, donde todos nos veremos al final de los tiempos en un Juicio Final que será digno de verse y vivirse, pero que de momento está cubierto de tumbas hasta no caber ni una más, en un afán de las gentes de las tres religiones monoteistas por garantizarse un lugar preferente desde el que presenciar el precitado juicio tras la resurrección de los muertos. ¡Menudo espectáculo!, y dando al valle y torrente una puerta en la muralla por nombre Puerta Dorada, que fué tapiada por uno de los sultanes turcos hace muchos...muchos años para evitar que por ella se cuele en Jerusalén el Mesías que aún espera el pueblo judío, y que lo tendrá crudo ya que al tapiado de la puerta se suma la prohibición que le afecta, como perteneciente a la clase sacerdotal, de caminar sobre la infinidad de tumbas que pueblan el acceso a la puerta, andada que le contaminaría sin remedio; esto se llama poner trabas a las profecías, que si lo son se cumplirán pese a quien pese. Rememorando lo visto se me ocurre lo que sigue:
Cabe el Monte los Olivos
de Josafat en el valle
bien muertos son los que están;
ha tiempo que está tapiada
en la muralla una puerta,
puerta así mismo muerta
que llaman Puerta Dorada:
mandó tapiarla un sultán
porque Mesías no la halle
cuando surja entre los vivos.
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Cabe el Monte los Olivos
de Josafat en el valle
bien muertos son los que están;
ha tiempo que está tapiada
en la muralla una puerta,
puerta así mismo muerta
que llaman Puerta Dorada:
mandó tapiarla un sultán
porque Mesías no la halle
cuando surja entre los vivos.
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Hace sonreír la ingenuidad de los hombres cuando éstos se afanan supersticiosos en negar la revelación. Se retuercen las cuitas hasta parecer sacrilegio, pero sólo es frágil manoteo por desesperación ante la grandeza del Devenir. Con el corazón sencillo vislumbramos la transparencia de la temporalidad humana moviéndose en el inmutable paisaje que ha sido y siempre será Dios. Descubrirlo en los detalles, Su revelación cotidiana, me parece que es empezar a trascenderse.
ResponderEliminarÁlex