Mientras dejaba resbalar la mirada, y algo más, sobre la superficie del agua de la bahía, a esas horas brillante de luz y ligeramente ondulada, oía una música de banda que me recordaba los acordes del himno nacional; la gente paseaba distendidamente por el muelle que corresponde al largo del Paseo de Pereda mientras un par de compañías de la escuela de la Armada rendía honores en el izado de la bandera de combate a bordo del Cantabria, ante una especie de ministra del ejército y un payasete que está al frente del gobiernillo del hermosísimo pedazo de España que presta su nombre al aparatoso buque que no sé quien amadrinaba.
El chunda-chunda de fondo unido a la caricia de un sol de recien estrenada primavera y su chispeante rielar en el espejo de las aguas, me fué embotando el cerebro, el cual iba perdiendo conciencia de la realidad que me rodeaba y me sumía en un estado de feliz sopor, en el que gozosamente me iba abandonando.
Y en esa situación de duermevela dí en imaginarme (o soñar) situaciones extravagantes, protagonizadas por una sociedad que, siendo la mía, distaba de coincidir con la que realmente me está tocando vivir mal que me pese.
Llamóme la atención, sobre todo, que en el amplio grupo social en que el destino me colocó en el sueño casi no había lo que conocemos por administración pública y en el buque aquel del que salían los acordes del himno nacional no había ministra alguna, ni presidentillo de parlamentin, se trataba de un acto de entrega de la nave por la empresa constructora a su capitán, por acuerdo del órgano de coordinación de los ejércitos.
Después me enteré de que el país, cuya gran riqueza era la envidia del a comunidad internacional, estaba regido por un consejo de administración ,pues obraba privatizado desde hacía dos generaciones tras una revuelta general ocasionada por el hambre en que lo había sumido el excesivo gasto de sostenimiento de una elefantiásica organización política y administrativa que, a su vez, había generado una corrupción gigantesca y una inoperancia que puso en gravísimo peligro su propia secular existencia.
Aquella situación de vida o muerte desembocó en una privatización casi total, incluída la de la presidencia del consejo de administración que regía los destinos del país; presidencia compartida por dos ciudadanos de prestigio, nombrados , de uno en uno, por acuerdo de los sectores sociales y cuyo mandato duraba dos años sin posibilidad de prórroga o repetición. Unicamentre la Justicia (que todo el mundo escribía con mayúscula) escapaba a la generalizada privatización, siendo impartida por jueces profesionales que accedían al cargo mediante oposición libre entre licenciados en derecho, constituyendo un sector de jueces que elegía democráticamente sus propios dirigentes, cargos que nunca podían durar más de tres años. Tampoco estaba privatizado el Ejército, con un sistema de acceso al sector de mandos muy similar al de los jueces, si bien la selección se llevaba a cabo mediante una academia especializada, las academias tenían también encomendada la selección y formación de diplomáticos y funcionarios que se especializaban en menesteres locales y tareas policiales. Resultando tal sistema organizativo de altísima rentabilidad y, por ende, multiplicador de la riqueza y favorecedor de un alto bienestar. El resto se hallaba encomendado a la iniciativa privada, envidiablemente profesionalizada.
Me expulsó del sueño el agudo silbo de un cornetín de órdenes.
Contra la que es tu creencia,
por encima del derecho,
en la base de la ciencia
y en el centro de mi pecho
está mi propia conciencia.
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El chunda-chunda de fondo unido a la caricia de un sol de recien estrenada primavera y su chispeante rielar en el espejo de las aguas, me fué embotando el cerebro, el cual iba perdiendo conciencia de la realidad que me rodeaba y me sumía en un estado de feliz sopor, en el que gozosamente me iba abandonando.
Y en esa situación de duermevela dí en imaginarme (o soñar) situaciones extravagantes, protagonizadas por una sociedad que, siendo la mía, distaba de coincidir con la que realmente me está tocando vivir mal que me pese.
Llamóme la atención, sobre todo, que en el amplio grupo social en que el destino me colocó en el sueño casi no había lo que conocemos por administración pública y en el buque aquel del que salían los acordes del himno nacional no había ministra alguna, ni presidentillo de parlamentin, se trataba de un acto de entrega de la nave por la empresa constructora a su capitán, por acuerdo del órgano de coordinación de los ejércitos.
Después me enteré de que el país, cuya gran riqueza era la envidia del a comunidad internacional, estaba regido por un consejo de administración ,pues obraba privatizado desde hacía dos generaciones tras una revuelta general ocasionada por el hambre en que lo había sumido el excesivo gasto de sostenimiento de una elefantiásica organización política y administrativa que, a su vez, había generado una corrupción gigantesca y una inoperancia que puso en gravísimo peligro su propia secular existencia.
Aquella situación de vida o muerte desembocó en una privatización casi total, incluída la de la presidencia del consejo de administración que regía los destinos del país; presidencia compartida por dos ciudadanos de prestigio, nombrados , de uno en uno, por acuerdo de los sectores sociales y cuyo mandato duraba dos años sin posibilidad de prórroga o repetición. Unicamentre la Justicia (que todo el mundo escribía con mayúscula) escapaba a la generalizada privatización, siendo impartida por jueces profesionales que accedían al cargo mediante oposición libre entre licenciados en derecho, constituyendo un sector de jueces que elegía democráticamente sus propios dirigentes, cargos que nunca podían durar más de tres años. Tampoco estaba privatizado el Ejército, con un sistema de acceso al sector de mandos muy similar al de los jueces, si bien la selección se llevaba a cabo mediante una academia especializada, las academias tenían también encomendada la selección y formación de diplomáticos y funcionarios que se especializaban en menesteres locales y tareas policiales. Resultando tal sistema organizativo de altísima rentabilidad y, por ende, multiplicador de la riqueza y favorecedor de un alto bienestar. El resto se hallaba encomendado a la iniciativa privada, envidiablemente profesionalizada.
Me expulsó del sueño el agudo silbo de un cornetín de órdenes.
Contra la que es tu creencia,
por encima del derecho,
en la base de la ciencia
y en el centro de mi pecho
está mi propia conciencia.
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