Nunca me interesó el fútbol, y ahora menos. Me aburre soberanamente, pero lo observo, y cuanto más lo sopeso tanto más me afirmo en la opinión de que debería profesionalizarse hasta convertirlo en puro espectáculo, poco menos que circense, al estilo de lo que ya es en el baloncesto la NBA americana.
El punto a que ha llegado el fútbol en alguna parte de España me inquieta. Y no me preocupo a humo de pajas; por el contrario: he sido testigo de ciertas evoluciones y de ciertas manipulaciones de determinadas actividades humanas aparentemente inocuas (y hasta positivas) que han desembocado en alguno de los genocidios que caracterizan al malhadado siglo XX. Un ejemplo bien puede ser el fútbol.
El fútbol hoy en España está deviniendo en una línea de choque administrada, pérfidamente, por fuerzas espúreas que recuerdan al nazismo (nacionalsocialismo alemán). Lo están convirtiendo y usando como trinchera de los impulsos telúricos, los más escondidos, arraigados e indeseables sentimientos de tribu, donde los seres más instintivos y menos culturizados (civilizados) dan rienda suelta a sus más prinitivos instintos. Los`pescadores en río revuelto, y quienes aspiran a serlo, soplan sobre las llamas. Yo he visto cómo el incendio por guerra civil en lo que fué Yugoslavia prendía en los estadios de fútbol, y desde ahí quemó y arrasó vidas y haciendas por los completos balcanes, en un conflicto fratricida auténticamente feroz aún no concluido.
El mundo del fútbol se está transformando en una trinchera habitada cada vez más por polícromos bárbaros al servicio de los chamanes del exclusivismo, que, además, ponen su chollo, esto es, los inexistentes derechos de su territorio por encima de los reales derechos de las personas que los habitan (¡no digamos de las que viven fuera!) hasta anularlos.
Por eso el pasado miércoles me sorprendí a mí mismo como tifosi del Inter de Milán, que se jugaba no sé qué importante clasificación frente al FC Barcelona. No vi el partido (ya he dicho que el fútbol me aburre) pero recibí el resultado favorable al club italiano con auténtica satisfacción; más aún cuando pude contemplar en algún reportaje la mala sangre que, por su providencial derrota, lucieron los fanáticos del club español (¿), y que espero sirva para dara conocer su verdadera índole a los ingenuos que aún les ríen las gracias.
Pidamos a los dioses que alumbren para nosotros nuevos caminos más inteligentes y, por ende, libres de cualquier fanatismo . Sabiendo, eso sí, que seremos nosotros los que habremos de andarlos si queremos alejarnos de la previsible tragedia a que nos aboca un tribalismo que debería estar, desde muchos siglos ha, superado por la cultura...pero hay comunidades que, técnicamente avanzadas, dejan mucho que desear respecto a la profesión de auténtica cultura.
-----------------------------

Recuerdo bien el telediario en el que un corresponsal dio la noticia del estallido de la guerra de Yugoslavia en un partido de fútbol. Uno, que vive en el territorio habitado por una tribu empecinada en ser cada vez más tribu, observa y sufre todos los detalles de la catástrofe presente y futura. Para que no pretendan engañarme con las memorias históricas de mañana.
ResponderEliminar