lunes, 18 de octubre de 2010

De dimisiones

En cada impreso oficial, o semioficial, que me veo obligado a rellenar (voluntariamente jamás rellenaré alguno) se me solicita el dato de la profesión, que no se para qué diablos les interesa en la mayoría de los casos sino es para discriminar o, simple y llanamente, porque sí.
-Jubilado, contesto.
Y lo soy. Pero sólo al efecto de la prestación de servicios remunerados aunque me gustaría serlo y estarlo de este puñetero mundo con el que ya no comparto ideal alguno, entre otras cosas porque este mundo puñetero carece de ideales.
Ya no tengo vida activa, por lo que pienso que tal vez debería darme de baja en la pura vida, sin calificativos. No lo haré por una cuestión de amor, humano y divino, que al final son la misma cosa en dos dimensiones distintas.
Esto que nos toca vivir es un completo muestrario de degeneraciones. Poco va quedando que merezca la pena. Habito esta vida porque no puedo marcharme a otra así como así. No me queda ni esa alternativa. No tengo ya ni eso.
En mi impotencia anacrónica hallo efugio en el amor familiar y la lectura. Dos realidades cada vez más difusas. Voy ya cansado de esperar un cambio de ciclo, una mejora esperanzada, un destierro del caos que llaman realización personal, libertad individual... y que no es sino falta de criterio, ausencia de auctoritas , cojera espiritual, coloringos de falso progreso.
Esto no es una sociedad sino una agregación estéril de seres sin ciencia o con ciencia pero sin conciencia. El degenere, la degeneración son infinitos; nos deslizamos cuesta abajo en una caída uniformemente acelerada... Sólo si miro al cielo me siento firme, aunque aislado, en esta barahunda. Ya no tengo edad para hacer gala de malgastar paciencia.

El mundo se está pudriendo.
Cuando muriendo yo esté
Quiero que quede muy claro
Que, aunque parezca raro,
Se me sepulte de pié
Por si he de salir corriendo.
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