sábado, 16 de octubre de 2010

Por el amor de Dios.

- Ave María Purísima. Una limosna por el amor de Dios.
Era la hora de comer y el pobre de turno pasaba a ocupar plaza en la mesa familiar si no prefería consumir su ración sentado en el umbral.
La escena era cotidiana aunque el pobre no era de plantilla y jamás se repetía. El escenario era el extrarradio de la Salamanca de la posguerra civil, en la que era más fácil toparse con un zoquete de pan que con un carrete de hilo, que daba la vuelta a las chaquetas y a los abrigos (quien los tenía), y en la que los chiquillos jugábamos interminables partidos de fútbol de todos contra todos en plena calle, usando improvisadas pelotas elaboradas con los más inverosímiles materiales de deshecho siempre que fueran ovillables.
Sin saberlo, sin razonarlo pero se vivía una especie de amor de Dios reflejado en el prójimo, en el próximo, al que sabíamos tan necesitado de todo como nosotros y, a veces, más. No huíamos de los girones, ni de los remiendos. El pobre era uno más del equipo. Y se compartía con toda naturalidad el pan, y la palabra.
Teníamos tan poco que apenas guardábamos algo; y si lo hacíamos no era para esconderlo sino para después, cuando el ansia arreciase. Lo que nos rodeaba, geológico, zoológico o humano era preciado (caro) y existía con ello una relación de aprecio (caridad) , mayor cuanto más vivo fuese el objeto del aprecio, era el amor de Dios (el que invocaba el pobre) , el ágape divino a compartir con los demás humanos, era la caridad en estado puro, o sea, aquel amor divino compartido con nuestros semejantes. No era una cuestión pensada sino vivida, era nuestra realidad, nuestra verdad de cada día.
Por eso florecía nuestro cristianismo, y hasta daba frutos al margen del oficialismo hipócrita; florecía porque el cristianismo es precísamente aquello: amor de Dios, participación en El gracias al bautismo. Es la más clara de las vidas sin peso. ¡Dios, qué tiempos¡. Nos amenaza ahora una pobreza peor que la física y ni siquiera nos damos cuenta. No queremos admitirlo. Nos hemos alejado del ágape, ya no somos pobres sino miserables.

Grande es del amor el peso,
duro resulta su portazgo;
mas en el pecho su hallazgo
suave es como lo es el beso.
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