domingo, 21 de noviembre de 2010

Conformistas y suicidas.

O todos suicidas: Unos en acto y otros a plazo. Pero todos en trance de acabar consigo mismos. Leo en los papeles que en el año 2.009 se perpetraron en España (con perdón) 3.650 suicidios, cuyo fruto fué el doble de víctimas que las cosechadas en las carreteras. Nada con sifón.
El suicidio figuró en nuestro código penal como delito hasta hace muy poco; era un delito imposible, o de imposible persecución, ya que sólo podía castigarse en grado de tentativa, inducción o colaboración debido a la fuga eficaz del autor directo a lugar de asilo no alcanzable por la autoridad judicial ni cualquier otra legalmente constituída. Eso debió ser lo que movió a la antedicha a eliminarlo de su código ya que no podía hacerlo de la vida; por el contrario, parece que en la vida, la ha venido fomentando y, paradógicamente, se va multiplicando.
Y es que la vida, esta vida nuestra, es ya un verdadero asquito que amenaza con desembocar en pocilga sin la presencia de sus lógicos y sápidos ocupantes, una lagareta para refocilo de los devoradores de detritus, currucas y consagrados al avío de mapamundis ad majorem gloriam caesaris. Los que orgasman votando. ¿Follando podrá cambiarse el gobierno?.
Estamos inmersos en una imparable hemorragia de libertad con el aplauso de casi todos. Conformistas-suicidas. Se nos prohibe correr, viajar a asiento libre, denostar de los ciclistas y de los perros cagones, se nos prohibe beber, hablar en según qué idioma, fumar, correr toros, comer según qué bollos, defender según qué ideas o creencias. Y siempre por nuestro bien, por nuestra seguridad, por nuestra salud o por nuestros derechos o contraderechos. Nos quieren contrahechos.
Pero lo más grave no es esa deriva liberticida en sí, sino que ésta cuente con un asentimiento generalizado; porque cada uno celebra la mordida a la libertad del otro sin caer en la cuenta de que cuando llegue la de la suya nadie habrá que le ayude a esquivarla.
Nos quieren hombres (no, hombres no) seres sin; sin enfermedades, sin apetitos (salvo el sexual), sin imperfecciones, cualidades que definirá su ley, su norma, su ocurrencia.
La libertad se está quedando sin espacio y llega el hombre/mujer light, solo, aislado, democratizado, controlado por quien controle los cada vez más técnicamente perfectos medios de control en manos del Estado (nadie con nombre que, por otra parte, exige un incondicional respeto).
Caminemos todos juntos, y yo el primero, hacia el hombre democrático/a. Amén. No, O.K.

El horizonte se estira
y el cielo me cae encima;
no me recome la estima
ni extravía la alta mira.

Sé que soy mi propia hechura
y he de llegar donde y cuando
mi mismo yo aseste el mando
que a mi andar da derechura.
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