¿Soy un separatista?: no. ¿Acaso soy un separador?: tampoco. Lo que creo que sí soy es sencillamente un separado.
De la sociedad en general y de la polis en particular. Al estilo de que lo era, por ejemplo, Josep Pla, el catalán del Ampurdan que decía, con toda la sorna del mundo, Jo no sóc separatista. Sóc separat.
De los territorios a los que se adjudica dignidad, lengua, derechos, cobro y pago de impuestos.
De las bocas que vomitan gusarapos desde estrados que pagamos los demás; de las mentes agusanadas o avellanadas por desuso; de los corazones podridos por el odio, la avaricia, la cobardía que llaman prudencia, la sumisión que sueñan virtud, el matonismo partidista y la vileza bellotuna.
Sóc un separat. No me va el circo; ni la antihistoria. Ni los cómicos de la legua pontificales, ni las payasadas para untar pan, ni los jardineros metidos a teólogos, ni los teósofos de jardin, ni la justicia galápago.
¡Coño, qué tropa!. La de esa Cataluña de gentes ensimismadas que, con la barretina encasquetada hasta las cejas, la han convertido en la pista central de un circo de saltimbanquis de plazuela, con cabra pasalasoga que sube y baja a una silla que no es silla sino escalerilla desvencijada y sin plataforma final, para que el viejo chucho trepe, se despeñe y se descuerne , quebrándose los cuernos que no tiene. Esperpento ultramodernista que se retroalimenta de su propia realidad virtual.
Sóc un separat. Un suelto. Un suelto que bien se lame porque nunca se perdió a sí mismo y, por ende, no tiene porqué reencontrarse; que ni cree en milongas nacionalistas, ni tiene sentimiento alguno pancista alentado por el miedo a perder la trinchera que esconde y cela el más puro, crudo y real fascismo: el que aspira a dominar las conciencias.
La tribu ya no me basta;
quiero volar de mi otero
hasta do la mente alcanza,
donde no llega el sendero;
quiero irme volando hasta
donde habita la esperanza.
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De la sociedad en general y de la polis en particular. Al estilo de que lo era, por ejemplo, Josep Pla, el catalán del Ampurdan que decía, con toda la sorna del mundo, Jo no sóc separatista. Sóc separat.
De los territorios a los que se adjudica dignidad, lengua, derechos, cobro y pago de impuestos.
De las bocas que vomitan gusarapos desde estrados que pagamos los demás; de las mentes agusanadas o avellanadas por desuso; de los corazones podridos por el odio, la avaricia, la cobardía que llaman prudencia, la sumisión que sueñan virtud, el matonismo partidista y la vileza bellotuna.
Sóc un separat. No me va el circo; ni la antihistoria. Ni los cómicos de la legua pontificales, ni las payasadas para untar pan, ni los jardineros metidos a teólogos, ni los teósofos de jardin, ni la justicia galápago.
¡Coño, qué tropa!. La de esa Cataluña de gentes ensimismadas que, con la barretina encasquetada hasta las cejas, la han convertido en la pista central de un circo de saltimbanquis de plazuela, con cabra pasalasoga que sube y baja a una silla que no es silla sino escalerilla desvencijada y sin plataforma final, para que el viejo chucho trepe, se despeñe y se descuerne , quebrándose los cuernos que no tiene. Esperpento ultramodernista que se retroalimenta de su propia realidad virtual.
Sóc un separat. Un suelto. Un suelto que bien se lame porque nunca se perdió a sí mismo y, por ende, no tiene porqué reencontrarse; que ni cree en milongas nacionalistas, ni tiene sentimiento alguno pancista alentado por el miedo a perder la trinchera que esconde y cela el más puro, crudo y real fascismo: el que aspira a dominar las conciencias.
La tribu ya no me basta;
quiero volar de mi otero
hasta do la mente alcanza,
donde no llega el sendero;
quiero irme volando hasta
donde habita la esperanza.
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¡Lo has bordado, papá!
ResponderEliminarDelicioso de arriba a abajo. Racionalista y esperpéntico, poético y ácido.
Gracias por escribir.
Álex