Todos los hombres deseamos ser felices pero, como pensaba un tal Sócrates, sólo el sabio es bueno y sólo el bueno es feliz; o sea, que tanto la felicidad como la sabiduría residen en la bondad; aunque... quien sabe si Sócrates no andaría equivocado. Yo creo que acertaba de pleno.
No cabe la menor duda de que el hombre que se siente feliz dice siempre que sí a la vida, porque la felicidad es fruto de la pura buena voluntad y nunca depende de un acontecimiento del mundo exterior. La felicidad no depende, ni deriva, de los éxitos en la vida mundana; ni reside en el placer, la riqueza, el poder o la fama. El que es feliz lo sabe y lo contagia.
Creo firmemente que quien cumple la voluntad de Dios ya es feliz en este mundo; no sólo espera alcanzar la felicidad en el otro. El hombre bueno ya es feliz en esta vida, lo que no quiere decir que no sufra. La felicidad extraterrena es sólo una gracia eterna sobrevenida, no una compensación justiciera.
Y no quiero pensar (con el budismo) que la felicidad resida en la propia renuncia sino en la acomodación de la propia voluntad a la de Dios (cristianismo). No es precisa la renuncia sino la asunción como propia de una voluntad infinita, eterna y perfecta, que implica vivir en concordancia con el mundo.
La felicidad, en definitiva, puede ser propuesta como un objetivo para la voluntad; si la verdad nos hace libres, la bondad nos hace felices. De cada uno depende, pues, el serlo.
Sin miedo alguno a la muerte
por militar en el amor,
alcanzar la felicidad
no es hazaña de la suerte
sino de ofrecer al Señor:
"¡Hágase en mí tu voluntad!".
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No cabe la menor duda de que el hombre que se siente feliz dice siempre que sí a la vida, porque la felicidad es fruto de la pura buena voluntad y nunca depende de un acontecimiento del mundo exterior. La felicidad no depende, ni deriva, de los éxitos en la vida mundana; ni reside en el placer, la riqueza, el poder o la fama. El que es feliz lo sabe y lo contagia.
Creo firmemente que quien cumple la voluntad de Dios ya es feliz en este mundo; no sólo espera alcanzar la felicidad en el otro. El hombre bueno ya es feliz en esta vida, lo que no quiere decir que no sufra. La felicidad extraterrena es sólo una gracia eterna sobrevenida, no una compensación justiciera.
Y no quiero pensar (con el budismo) que la felicidad resida en la propia renuncia sino en la acomodación de la propia voluntad a la de Dios (cristianismo). No es precisa la renuncia sino la asunción como propia de una voluntad infinita, eterna y perfecta, que implica vivir en concordancia con el mundo.
La felicidad, en definitiva, puede ser propuesta como un objetivo para la voluntad; si la verdad nos hace libres, la bondad nos hace felices. De cada uno depende, pues, el serlo.
Sin miedo alguno a la muerte
por militar en el amor,
alcanzar la felicidad
no es hazaña de la suerte
sino de ofrecer al Señor:
"¡Hágase en mí tu voluntad!".
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