miércoles, 12 de enero de 2011

La caída. (Cap. de descompresión).

Ayer me dí una buena sapada inversa; caí cuan largo soy ante las puertas de la mismísima Seguridad Social y no en sentido metafórico, caí redondo, y no por respeto o por adoración hacia el mentado organismo administrativo (qiue Dios confunda) sino por fulminante resbalón en rampa tan mal concebida como suelen estarlo las iniciativas municipales antes de su segunda enmienda.

El caso es que, sin comerlo ni beberlo, me ví en el suelo ante un semáforo enrojecido, patas arriba y braceando como tortuga que no acierta a darse la vuelta; traidora rampa, de tecnología indefinida, de resbaladizo granito pulimentado a fondo y bien llovida; proyectada tal vez para facilitar el desplazamiento de quienes se mueven en silla de ruedas pero realizada para sentar en una de ellas a los que, aún, nos desplazamos sobre nuestras propias viejas piernas, lo que, por otra parte, quizá viniera bien para impulsar un sector de nuestra maltrecha economía.

En descargo del Ayuntamiento, y de su posible responsabilidad en el incidente, hay que dejar constancia de que ese día había llovido, con verdadera vocación, toda la mañana y parte de la tarde, por lo que el pavimento se ofrecía en un estado de humedad barrizosa rara en la hermosa ciudad santanderina (diz que cántabra) a decir de sus incondicionalísimos autóctonos, siempre prestos a asegurar que en ella casi nunca llueve, o no lo hace más que pueda hacerlo en la vega del Segura, pese a lo que manifiesten los meteorólogos o testifique la jugosísima y persistente hierba que surge por doquier como por arte de birlibirloque.

El caso es que yo me ví en el santo suelo tan de repente que ni pude decir ¡ay!, y suerte tuve de un Cireneo que me ayudó, desinteresadamente y a riesgo de compartir mis manchas, a recuperar la verticalidad física, y aún la moral demostrándome que aún no estamos tan solos como nos tememos.

De mi palabra prendida
vengo a ofrecerte una flor
que a mi camino se asoma;
yo te pintaré su color,
su armonía y su textura,
mas no te daré su aroma:
no alcanza literatura
virtud tan bien defendida.
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