viernes, 18 de junio de 2010

Necesitamos a Dios.

No está en mi ánimo hacer teología. Ni en mis posibilidades intelectuales. No voy a iniciar o desarrollar ningún sesudo tratado sobre Dios. Voy, sencillamente, a dar cuenta sobre este papel de mentira de alguna observación que, a lo mejor, merezca la pena meditar un poquito.
Escuchando al día a día, y observando al público que acude a las iglesias se da uno cuenta de que el pueblo de Dios va de capa caída..
Las iglesias en día de labor permanecen cerradas; se abren al culto ocasionalmente y en los días feriados; aun en esas ocasiones no se ven llenas, y sobre los bancos se tiene la impresión de que hubiera nevado: todo son canas.
Escuchando a la calle, y a no pocos clérigos, parece que el cristianismo ya no sea religión sino cultura. Como cada sábado, el último pasado fuí a misa con mi esposa; como llovía con intensidad no nos alejamos mucho de casa; por la hora decidimos acercarnos hasta la iglesia de Santa María la Bien Aparecida, en la calle Vargas. ¡Qué sorpresa, no se podía entrar!. Ante la puerta había una concentración de, al menos, setenta personas, entre ellas algunos niños, bajo un laberinto de paraguas.
Por fin alcanzamos el vestíbulo y accedimos al templo; en sus bancos siete cristianos desperdigados. Tras un par de minutos de espera entra la muchedumbre, en tromba pero en llamativo silencio. Se notaba un respeto.
Sale el sacerdote y da comienzo la ceremonia ritual de la santa misa. Como la multitud no estaba familiarizada con lo que allí se decía y se hacía, y los asiduos éramos tan escasos el sacerdote no oia nuestras respuestas y se respondía a sí mismo. Todos de pie. Algunos mascando chicle. Mirando a derecha e izquierda advertían cual había de ser la postura adecuada en cada momento y la adoptaban. Todo en silencio, con respeto. Salvo un rorro que lloraba desesperadamente en un rincón asistido por su jovencísima madre. Así fué transcurriendo el acto. Por la homilía nos enteramos de que aquella misa se aplicaba al eterno descanso de una anciana muerta dos días antes y que parecía ser la bisabuela, abuela y madre de aquel nutrido clan y, desde luego, vieja cristiana practicante muy querida en la parroquia. La ceremonia culminó, como no podía ser menos, con la comunión, para dar la cual el sacerdote tomó en sus manos el copón, se encaminó hacia los fieles y al no contemplar sino aquella masa de respetuosos infieles sufrió un instante de desconcierto, hasta que percibió el desfile, desde los bancos situados más atrás, de los contados practicantes que se dirigían a comulgar, se le notó el alivio. Concluída la ceremonia y ya el cura en la sacristía, estalló el creciente murmullo de las conversaciones entre parientes y conocidos. Nos fuimos a casa.
¿Cómo se ha llegado aquí en tan poco tiempo?. Porque está claro que el hombre no se ha podrido y sigue necesitando colmar su ansia de perduración, de trascendencia; y sigue subviniendo a las necesidades de la Iglesia Católica española con sus voluntarias aportaciones.
El hombre español siente y sabe que necesita a Dios, aunque no le reconozca con claridad fácil, y que lo necesita para restaurar la dignidad individual y la del prójimo de cada uno. Porque la condición de ciudadano o contribuyente no acaba de convencer porque no llena, no llama, ni motiva ni orienta. La no presencia (cada vez más oficial) de Dios ni nos hace limpios ni nos hace generosos. En esa desorientación personal estamos buscando lo que no se nos da porque hemos de buscarlo cada uno en nuestro propio rincón personal y ponerlo en común de vez en cuando.
Al perro de San Roque
le han levantao
un falso testimonio:
que está preñao.
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2 comentarios:

  1. Soy Álex, pero la máquina no me deja firmar como siempre...
    Concuerdo: la religión se ha reducido a cultura. ¿Quién la ha fosilizado en una costumbre? Entre todos y nadie. Quizás viviendo por encima de lo que realmente somos, en el vuelo del miraje material, nos hemos creído dueños de nuestro destino, diosecillos hinchados de aire. El batacazo se acerca, y no es nada nuevo en la historia. En esta decadencia de las ideas y de la inocencia, los eructos de la autosatisfacción nos impiden oír los avisos.

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  2. (Soy Álex otra vez)
    Descubro una cita del papa Benedicto XVI en Fátima: "Un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad, acaba perdiéndose en el laberinto del tiempo y de la historia, sin valores bien definidos, sin grandes objetivos claramente anunciados".
    No soy muy amigo de las citas, que las hay para todo, pero me parece que el papa la clava.

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