viernes, 11 de junio de 2010

Profética.-

En la historia de España hemos tenido de todo, incluso un Emplazado, ahora nos toca un Aplazador pesando como una losa sobre nuestros intereses de todo tipo.
Porque el estilo de Zapatero es la mentira y el aplazamiento; el quietismo; que los asuntos se vayan pudriendo en el calendario para servir de abono del huerto: donde está sembrada, en espera de copiosa cosecha, la crisis en sus variedades económica, moral y social.
¿El precio?: eso es cosa de la oposición, para conseguir lo cual trabaja denodadamente (es en lo único en que la actividad es febril) una legión de esclavos mentales.
Al frente del Gobierno, como es sabido, tenemos un presidente tunante, que no turnante porque está en que no haya más turnos, que no se moja ni a tiros salvo en el llamado radicalismo ideológico de sobre los años treinta; no se moja, no: se asoma al río y se acojona hasta tal punto al ver lo bravas que bajan las aguas que salta hacia atrás como un resorte y no soporta que le ha blen siquiera de intentar un remedio real, que todos sabemos cual es y que, además, se lo han descrito otros que sí son estadistas. El, de lo que sabe es de votos incondicionales y trapicheos de tahúr. Da el salto atrás e, inmediatamente, busca con los puños el hígado de la oposición: ¡que se bañe Rajoy, que para eso ostenta el papel del tonto!.
Ultimamente le ha dado por llamar en su ayuda a unos desvencijados bañeros que él llama agentes sociales , a los que si se les puede reconocer alguna actividad social es la de creación masiva de parados y quietos (empezando por ellos mismos), con buena dentadura para dar cuenta del pastel del presupuesto del Estado, y con cuya interesada complicidad espera escaquearse y confiar en que ceda la riada.
Nada de emplearse a fondo en lo que España necesita para sobrevivir incluso como nación: la reforma a fondo del propio Estado, descargándole del insoportable lastre de las diecisiete taifas y cuanto de ellas cuelga, con el consiguiente destierro de caínes y abandono de babeles en construcción o a punto de culminación. El, quieto. Nos conduce así, por inacción, a un suicidio asistido tan estrambótico como todo lo suyo, pero real.
España debe muchísimo dinero fuera, tanto que ya existe una cierta reluctancia a concederle más crédito a pesar del fortísimo interés que se le exige y cuyo pago promete. Empiezan los inversores a no fiarse de que cumpla sus compromisos. El empobrecimiento del pais es progresivo, en imparable espiral. La deuda que se adquiere no se aplica a mejoras, yendo cada vez en mayor porcentaje a atender el pago de intereses, lo que produce un progresivo desarme económico, crecen las dificultades para ser competitivos en unos mercados cada vez más exigentes. No es que estemos abriendo zanjas con picos...es que ya no nos encargan las zanjas.
Así accedemos al club de los países golfos. Ingresamos en la cofradía de los crápulas, lejos de los que se dedican a hacer y a hacer bien lo que hacen. Le damos mucho a la lengua y muy poco a las manos. Aquí ya vale más una mala recomendación que un buen currículum; aquí el empresario pierde el culo tras una subvención y el trabajador tras cualquier fórmula de liberación del trabajo. Podremos llevar a cabo una reforma laboral (¿para quién?) o de estructuras (¡jo!) pero no una regeneración moral, y sin ella...a papear miseria llaman. A pajear con la Geli, con la Aido o cualquier otra colipoterra politizada.
¿Dónde pararemos, pues? me temo que tomando el sol con la abultada barriga vacía y el alma (¿qué alma?) llena de moscas, eso sí : socialistas, sindicalistas y demás antiguallas...de los años treinta del siglo que pasó...
Soy un pacifista parco
que mandoblea en redondo,
en ello yo vendo un barco
para obtener algún fondo,
me entiendo con algún narco
y me quedo tan orondo
diciendo que es mucho marco
el de los mares,¡tan hondo!.
¡Nunca des al perro cuerda
no vaya a ser que te muerda!.
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1 comentario:

  1. ...y aquí seguimos con fuegos artificiales, orquestas y dinerales en cada barrio. Además de por la preocupación por la crisis, el ruido de la fiesta perpetua no nos deja pegar ojo. Hago como Zapatero: me coloco los tapones y como si se hunde (más) el mundo.

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